
… Me levanté muy temprano con alas de mariposa revoloteando en mi estómago. Era mi último día al lado de Nuria y quería aprovecharlo. Durante toda la noche había estado pensando en la manera de sorprenderla y por fin tenía una idea. Bajé a la cocina y como esperaba, allí estaba ya mi padre, preparando su café antes de ir a pasear por la playa.
Sin preámbulos le pedí prestado el coche. Le conté que mi nueva amiga se iba al día siguiente, que volvía a Madrid y que quería llevarla al Cabo de Gata, para enseñárselo mientras pasábamos juntos el día. No se me ocurrió ningún argumento más, por lo que callé de repente y aguardé la respuesta de mi progenitor.
Con su adusta mirada me observó muy despacio y se reconoció a sí mismo de joven. Un chico romántico, sensible y con la cabeza llena de pájaros. No podía culpar a su hijo por enamorarse, por descubrir al lado de una chica bonita lo que significaba arriesgarse en el juego del amor. Así que se encaminó hacia su dormitorio con un andar cansino y volvió con las llaves del coche. Únicamente me pidió que tuviera cuidado y que me lo pasara tan bien como pudiera.
Mi sonrisa iluminó la mañana de fuegos artificiales y dándole un beso a mi padre, le agradecí el gesto, pidiéndole que me deseara suerte en mi aventura. Con las llaves ya en la mano corrí hacia el coche y lo conduje hacia la casa de Nuria, ansioso por contarle mis planes.
Ella, como cada mañana, estaba desayunando en el porche y no se percató en un primer momento de mi llegada. Hice sonar con ilusión el claxon y la muchacha levantó la mirada, distinguiendo mi rostro a través de la ventanilla bajada. Se dirigió a mi encuentro con pasos presurosos y con la incertidumbre de no saber lo que me proponía, pintada en sus hermosos labios de rubí.
- Buenos días, princesa, vengo a rescataros.
- Buenos días, mi gentil caballero, ¿y de qué tendríais que rescatarme?
- De la soledad, mi dulce dama, de la tristeza de una pronta despedida. ¿Queréis pasar el día con vuestro humilde servidor? Tengo una sorpresa para vos. Acompañadme y huyamos prestos. Mi impetuoso corcel os aguarda.
Nuria entró corriendo en su casa, recogió con prisas sus cosas, y encontró en su madre la misma comprensión que había encontrado yo en mi padre. Se subió al coche y sin más dilación arranqué rumbo al horizonte.
Durante el viaje ella no paró de preguntarme hacia donde nos dirigíamos mientras yo no soltaba prenda, así que entre risas y bromas, cantando canciones de Silvio Rodríguez, fuimos devorando kilómetros, felices, ajenos a todo salvo al brillo de nuestros respectivos iris.
Ya cerca de mi planeado destino, a Nuria se le encendió la sonrisa en su boca, al comprender que nos encaminábamos hacia el mítico Cabo de Gata. Le encantaban los acantilados, el sonido de las olas rompiendo contra las duras rocas, la belleza inigualable de la fuerza del mar.
Se colgó de mi cuello de improviso y me besó en la mejilla, al mismo tiempo que susurraba un cálido te quiero en mi oído.
Se me estremeció el alma ante la confesión de la muchacha y la miré con dulzura mientras le respondía que yo también la quería y que jamás la olvidaría. Lucharíamos para que nuestra última cita fuera coronada simplemente con un hasta la próxima, escapando del terrible adiós.
Durante esa irrepetible jornada disfrutamos sin concesiones del sol en la playa de los Genoveses y de baños infinitos donde desafiábamos a la espuma de la tristeza. En un abrazo perpetuo fuimos desgranando las horas de nuestra huida, perdidos entre las callejuelas del pueblo de San José. El paraje era realmente hermoso y ambos sentimos hincharse nuestros jóvenes corazones en cada beso que nos regalamos, en cada caricia robada de nuestros dedos, en cada vez que nos cogimos cariñosamente de la mano.
Recorrimos el Cabo de Gata como lo que éramos, dos enamorados, inmortalizando los recuerdos bajo el prisma de innumerables fotografías y nunca antes en nuestras vidas, deseamos más convertirnos en una de las cientos de gaviotas que divisábamos sobre las azules aguas del Mediterráneo, para poder así escapar juntos hacia un futuro más favorable.
Sin embargo, a medida que se fue consumiendo el día, la melancolía se apoderó de nosotros y las risas fueron dejando paso a miradas furtivas y a amenazante rumor de lágrimas.
Fue el día más hermoso del verano, inundado de una fértil complicidad y la vuelta a San Juan de los Terreros, a la cruda realidad, se nos antojó una misión imposible. El regreso fue muy duro y no encontramos bromas ni comentarios que mitigaran nuestro dolor. Conduje en silencio, con la mirada suspendida en la ondulante carretera, con la certeza de que cada kilómetro recorrido me separaba de ella y Nuria, echada sobre mí, me acariciaba dulcemente el pecho, mientras un llanto contenido se asomaba al balcón de su espíritu azul.
Llegamos a nuestra playa ya de noche, por un camino de farolas amarillas encendidas, sin saber muy bien lo que decirnos. El ruido del motor del Renault de mi padre se fue apagando lentamente, hasta detenerse frente a la puerta de la casa de ella.
- No puedo decirte, adiós, Nuria. Ahora ya no. Esto me está matando, haciéndome sangrar por cada poro de mi piel. Te quiero, como nunca antes he querido a nadie.
- Entonces no me lo digas, no te despidas todavía de mí. Ahora soy yo la que tiene una sorpresa para ti. Reúnete conmigo a las doce de la noche en el Pichirichi, allá donde la roca es vencida por el mar, en la pequeña laguna de los cangrejos. Me escaparé de la habitación cuando todos duerman y veremos juntos esta luna llena tan bonita.
Con estas palabras y un fugaz beso en los labios, Nuria salió rauda del coche y se dirigió hacia su casa, atravesando la puerta y escapando finalmente de mi visión.
No sabía lo que pensar ante su propuesta y completamente aturdido, entré en el hogar familiar, ignorando las bromas mordaces de mis primos. Saludé como pude a los presentes y con la excusa de que estaba muy cansado, me encerré a cal y canto en mi dormitorio.
Miles de pensamientos se instalaron en mi mente, pero uno por encima de todos me perseguía, el recuerdo del cuerpo de Nuria mecido por las olas en la idílica playa de los Genoveses. La muchacha era sin duda la sirena que me había arrastrado hacia mar adentro, abriendo los oídos de mis sentimientos de par en par con su bello canto.
El tiempo pasó muy lentamente, como pompas de jabón que fueran explotando en mi piel, hasta que por fin pude descolgarme por la ventana que daba al patio de atrás. Desde ahí ya me fue muy sencillo dirigirme hacia el lugar de mi cita con Nuria, amparado por las densas sombras de la noche.
Cuando terminé de atravesar las rocas del Pichirichi, adentrándome en la lengua de tierra que desafiaba al mar, mis ojos contemplaron la silueta de Nuria junto a la pequeña laguna de los cangrejos. Corrí frenéticamente hacia ella y nos abrazamos entre palabras románticas y promesas eternas que creímos que durarían para siempre.
El suelo tapizado de algas lamía nuestros pies y el agua que llegaba del mar nos acariciaba las piernas. Bandadas de estrellas volaban por un cielo dibujado con los trazos de la madrugada y la luna impasible arrojaba su blanca palidez sobre nosotros, que sumergidos en nuestro propio mundo, comenzamos febriles a devorarnos a besos.
Mis rojos labios fueron recorriendo el cuello de Nuria, mientras ella cerraba sus ojos y se dejaba explorar a mi antojo. Como inexpertos amantes que éramos, pero guiados por el instinto, fuimos descubriendo nuestros salvajes territorios, nuestros secretos, abandonados a una pasión desconocida hasta entonces para nosotros. La noche ejerció como cómplice del amor y ocultó nuestros ardientes gemidos en la oscuridad. Nos alimentamos de nuestros cuerpos mutuamente, saciando nuestra sed en el aliento del otro y nos amamos como sólo un hombre y una mujer pueden hacerlo sobre la faz de la tierra.
Como si fuera un sueño largamente buscado, sucumbimos al deseo que nos consumía por dentro y ella encima de mí, sentada en mi regazo y agarrada a mi pecho, llevó las riendas de un galopar incesante bajo el brillo de infinitas estrellas milenarias.
El viento se llevó el grito de éxtasis de los dos, junto a nuestra ya marchita virginidad y unidos en cuerpo y alma nos derrumbamos sobre la piedra, tras haber compartido algo más que cálidos sudores. Las respiraciones entrecortadas silenciaron el tronar de nuestros corazones y mirándonos fijamente, cada uno perdido en los ojos del otro, nos besamos con toda la fuerza de nuestros pocos años, en esa última noche que nos había concedido el destino a modo de regalo inolvidable.
- Nunca llegamos a conocernos realmente, hasta que nos encontramos con nuestro igual. Tú eres mi igual, Nuria, la parte que le faltaba a mi alma, mi otra mitad. Me has cambiado la vida y esto no puede terminar así. Te esperaré, pero debemos estar juntos. Lo sabes, ¿verdad?
Mis palabras rompieron el silencio por un instante, pero no encontraron respuesta en Nuria. La muchacha era pasto de unas llamas que a modo de lágrimas, arrasaban el valle de su cara de porcelana. Ella era más realista que yo y sabía que tan fervientes promesas, que tan apasionado amor, se iría debilitando con el paso del tiempo, por culpa de nuestras respectivas ausencias. Habíamos vivido un amor de verano y éste, a modo de caduca hoja, caería al suelo derrotado con la llegada del otoño.
Su alma de mujer se resquebrajó por dentro y maldijo la crueldad de una providencia, que no iba a tener piedad con nosotros. Se abrazó a mí con más fuerza y calló mi balbuceante discurso con un beso de algodón de azúcar.
Repuestos de la emoción del momento, comprendimos que teníamos que regresar y cogidos nuevamente de la mano, nos dejamos llevar por la fresca brisa nocturna, que nos condujo hacia nuestras casas.
- ¿A qué hora te vas mañana, pequeñaja?
- No lo sé, cielo, pero mi padre no quería que se le hiciera tarde, así que imagino que pronto, en cuanto salga el sol.
- Tengo tu dirección y tú tienes la mía, nos escribiremos y me iré a estudiar a Madrid en cuanto pueda. Estaremos juntos. Así que no te preocupes por nada, Nuria, te esperaré. Para mí no has sido un breve destello de plata en medio del océano, ni un corto amor de verano. Te quiero y deseo envejecer a tu lado. Iré a buscarte y seremos felices para siempre. Seré tu caballero andante hasta el final de tus días y tú serás mi princesa.
- No hagas promesas que no podrás cumplir, Ramón. Otras chicas buscarán refugio en tu puerto y la distancia hará que poco a poco me vayas olvidando, hasta que sólo sea un dulce sueño que llegue a ti en contadas noches. Al menos recuérdame con cariño y no me olvides. Has cambiado mi forma de ver las cosas, mi manera de sentir, y eso es algo que siempre te deberé y por lo que te doy las gracias. A veces lo importante de un viaje no es el destino y sí el camino que nos lleva a él. Tú has sido ese camino para mí.
- No digas esas cosas, amor mío. No te olvidaré y te echaré tanto de menos que no soportaré la idea de estar lejos de ti. El universo conspirará a nuestro favor, ya lo verás. Algo se nos ocurrirá.
Con estas últimas palabras los dos rompimos a llorar como los niños que realmente éramos y un manto de ternura nos envolvió a modo de último abrazo.
- Hasta mañana, Nuria. Te ayudaré a subir el equipaje al coche. Te veré desde mi ventana cuando salgas y bajaré a despedirte. Gracias por escribir junto a mí el mejor verano de mi vida.
La muchacha no pudo ya ni contestarme y una leve sonrisa fue lo último que pude ver de ella, mientras nuestras manos se separaban a nuestro pesar.
Terriblemente triste volví a la soledad de mi habitación, a mi cama vacía y embargado por las sensaciones de tan mágica noche, terminé siendo derrotado por el ejército del sueño, mientras mi alma volaba entre las brumas del cansancio buscando la de Nuria.
En un segundo cargado de miedo me desperté sobresaltado y miré el reloj con una mueca de pánico sobre mi rostro. Me había quedado dormido y había faltado a la primera de mis promesas. Corriendo salí despedido de la cama y me acerqué a la ventana. Desde lo alto, pude ver como Nuria echaba un último vistazo a mi cristal y con una lánguida mirada, se subió en el coche de su padre. La luz impidió que pudiera verme.
Con la sangre hirviendo en mis venas me lancé escaleras abajo, crucé el salón y abrí con estrépito la puerta, justo en el momento en el que el coche iniciaba su trayecto fuera del complejo de casas de la costa.
Sin pensármelo dos veces salté sobre mi bicicleta y aprovechando la poca velocidad del vehículo, pedaleé con todas mis fuerzas hasta que consiguí llegar hasta la ventanilla de mi chica.
Nuria se sorprendió mucho al verme y con una brillante sonrisa bajó el cristal. Un torrente de palabras escapó al cielo de la mañana, uniéndonos con firmes lazos de seda por última vez.
- Te quedaste dormido, Capitán, pero esto lo compensa. Te quiero y siempre te querré. No te olvides de mí, no te olvides de nuestra historia. Seguro que un día escribirás un bonito libro sobre ella.
- Cuídate mucho, Nuria y recuerda que cuando duermas, yo te velaré, de alguna forma lo haré. Piensa en todo lo que hablamos ayer y tenlo presente. Iré a buscarte pronto. No te dejaré. Esto sólo es el final de este primer verano, no de lo nuestro. Te quiero. Mantente a salvo.
Al mismo tiempo que yo le contestaba, nuestras manos se estrecharon un último instante a través de la ventana y en ese preciso momento, el coche aceleró finalmente y se perdió entre una polvareda de recuerdos de treinta días y treinta noches.
Detuve mi bicicleta derrumbado, viendo cómo Nuria se alejaba de mi vida, contemplando cómo el vehículo se perdía en el horizonte. No me podía creer que ella se hubiera ido. No podía ser posible, pero el eco ya lejano de su voz me demostró que debía volver a mi existencia sin ella.
Prometí bajo un cielo plomizo que volvería a verla, que tendríamos nuestra oportunidad y reconfortado por este pensamiento, inicié el camino de regreso a mi casa.
Una ligera lluvia puso el epitafio a nuestro verano, mojando de gris mis sentimientos y haciéndome recordar, que la soledad iba a ser una fría compañera para mí. En esos precisos instantes de mi todavía joven vida, no pude imaginar hasta que punto iba a ser cierta esa amarga sensación.
Empapado entré en el pequeño jardín de mi casa, conteniendo un profundo llanto que pugnaba por escapar de la prisión de mis ojos y me dirigí esperanzado hacia la baranda desde donde hacía apenas un mes, había visto por primera vez a Nuria. Luché por distinguirla todavía tumbada en su hamaca, confiando en que todo hubiera sido una pesadilla, pero su imagen, como ese inolvidable verano que nos había unido, era ya únicamente un huésped de mi imaginación.
Había descubierto junto a ella el amor, me había hecho un hombre a su lado y la primera vez que se siente tan bello sentimiento, nunca se olvida.
Nuria sería para siempre, mi primer amor.
Hasta la próxima huida.